Un cuerpo
Sobre todo lo que ocurre en un cuerpo, que es mío.
Tengo un cuerpo, es mío. No tengo muchas cosas en propiedad, pero este cuerpo me pertenece.
Mide uno con sesenta y pesa sesenta y cinco kilos en la báscula. Si cambiara de planeta, esas cifras se alterarían, así que no lo determina. Es un cuerpo con hambre, y por lo tanto, exige ser alimentado. Protesta si pasan muchas horas. No acepta ser olvidado. Mi cuerpo impone sus propios horarios.
Tiene sed, y no solo de agua. Me pide usar mis piernas, moverme a otros lugares para calmar su sed de salitre, de aguas de ríos, de caminos de tierra mojada. En ocasiones, también me lleva a bailar en clubes para calmar su sed de disfrutar, conocer y sentirse vívido.
Tiene ansias de saber. Es un cuerpo que se eriza con el arte, siente escalofríos con la belleza, o se aflige si alguien llora cerca. No duda en repartir cosquilleos por cada rincón que alcanzan sus venas.
Mi cuerpo late, esforzándose cada segundo en bombear mi sangre. No se cansa, no falla. Sigue, a su ritmo, trabajando por mí a cada instante. De vez en cuando me da un vuelco, me reclama, me recuerda que sigo viva. Como consecuencia de su esfuerzo, yo puedo volar lejos, amar fuerte, e incluso romperlo, con la confianza de que sabrá reparar cada una de sus fallas si le doy el tiempo correcto.
Mi cuerpo respira y se encarga de la urgencia de mantenerme con vida. Varía en su constancia, se entrecorta si alguien inesperado me mira, se acelera cuando lo llevo al límite, suspira ante una mala noticia. También me enseña a calmarlo; unas bocanadas profundas pueden hacer que reviva, devolviéndole consciente su atención tan merecida.
Reacciona cuando no le escucho, me pide a gritos cambios que no llego a entender. Su idioma es extranjero y aún no lo domino. Si hay mucho ruido de fondo se calla. Deja de intentar comunicarse conmigo y empieza a mandar indirectas, con la esperanza de ser atendido. Y, aunque a veces mire hacia otro lado, solemos pactar una tregua antes de lo esperado.
Decide cambiar de tamaño cuando quiere, se hace más grande, se encoge, cambia su composición según le tercie. Se permite el lujo de ser arte abstracto: traza curvas, esculpe cicatrices y dibuja ondas sin pedir permiso. Se pliega para no aburrirse, se tinta de pigmentos — marrones, amarillos, rosas — según la estación. Se pinta por zonas, no quiere lucir uniforme. Le divierte jugar con su propios colores.
Es un cuerpo capaz de crear vida, alimentar un ser ajeno, fundirse con otros, ser objeto de deseo. Un cuerpo que se abre, se ofrece, se deja atravesar por estallidos de placer cuando se lo permito.
Este cuerpo es mío, pero no lo domino. Yo no mando sobre él, no decido. Convivimos sin imponernos, él es libre de decidir por sí mismo. Es tan mío que duele, hiere, abriga, ama y grita a raudales. Y yo solo puedo seguirlo.
¡Gracias por pasear a mi lado!
Con mucho amor, Elisa eme.



Preciosoooo! Escribes espectacular y se siente tan reaaal.