Las mates mentales
Sobre un cerebro que no para de elaborar escenarios y se agobia con su propio pasado
Cada cierto tiempo me pasa lo mismo: entro en bucles infinitos que me impiden ser feliz. Empiezo a agobiarme por el futuro, por lo que vendrá. Hago declaraciones firmes sobre lo que me espera y me ahogo porque, en esos momentos, no se me ocurre que puedan llegar a ser falsas o a no cumplirse.
Supongo que imagino el peor escenario posible para que, si acaba ocurriendo, no me duela tanto. Pero se me olvida la aleatoriedad de la vida, la realidad de que todo es posible, la incapacidad de ésta para ser planeada o controlada. Siempre será la adolescente rebelde que hace lo contrario de lo que le piden y que, de vez en cuando, te la lía parda para que la perdones en cuanto te da un abrazo cálido.
También me agobia el pasado. Me replanteo mi vida, revisito historias en las que pienso: aquí podría haberme atrevido, aquí haber sido menos parada, haber tenido esa conversación o haber perdido de verdad ese vuelo. Me digo que me han faltado experiencias, que el relato de vida no es lo que me gustaría. Empiezo a camuflar ciertas decisiones o a reinterpretar las que tomé para rellenar el vacío que noto en él. Total, para nada, porque ¿cuántas veces le contamos la historia de nuestra vida a alguien?
En eso pierdo el tiempo, en lo que he decidido llamar, con cierta ironía, las mates mentales. En elucubrar un pasado diferente. En calcular el futuro inminente. Mi cerebro empieza a atar cabos, a analizar detalles e incluso a realizar proyecciones sobre cómo terminaría (o continuaría) una decisión que ni siquiera he tomado. Y muchas veces, como no me gusta lo que imagino, no lo hago o me angustio mientras decido si dar el paso.
Me agobio si pienso en dar un primer beso a alguien porque, automáticamente, imagino cómo sería presentarlo a mi familia. Me echo para atrás calculando escenarios sobre cambiar de trabajo porque pienso solo en los días malos. Me paralizo al imaginar cómo los tomates de mi huerto acabarán asesinados por una plaga antes de que puedan llegar a ser comidos. Parecen tonterías, meros escenarios, pero lo que consiguen es quitarle ilusión a mi vida.
Me impiden disfrutar del momento pensando en el siguiente paso. Echando cuentas sobre todos los escenarios posibles, y también los imposibles. Me digo que esto no es una película y que seguramente gane el peor: el silencio, el adiós, la muerte o la tristeza. Así termino, con dolor de cabeza constante, un miedo atroz a cualquier cambio y más de un beso no dado.
Me gustaría frenar mi cerebro, encerrarlo en el presente. Poner vallas a cualquier tiempo pasado o a cualquier futuro lejano. Ponerme viseras, como a los caballos, ante cualquier otra mira. He intentado de todo, pero no resulta tan simple.
Tengo momentos de lucidez, como el instante exacto en el que escribo estos párrafos, en los que soy capaz de ser optimista, obligarme a dejar la calculadora a un lado y simplemente disfrutar y escuchar mis órganos. Pero hay otros… otros que se sienten como una cárcel sin salida. Una pérdida de cualquier contacto con el entusiasmo donde solo caben escenarios negativos.
Seguiré, con empeño, tratando de salir de mi cerebro, cambiando más a menudo los números por letras y aprendiendo a quedarme en los segundos del presente.
Mientras escribía este texto, mis lecturas en la mesilla de noche han sido:
La campana de cristal - Sylvia Plath
Yo que nunca supe de los hombres -Jacqueline Harpman
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Con mucho amor, Elisa eme.






